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El Tumblr de Uriondo

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The Pitiflús Rise, by Christopher Nolan

El otro día estuve viendo The Pitiflús Rise, el último taquillazo de Christopher Nolan, y aquí van mis reflexiones sobre la película. Llevan algún spoiler suelto, pero nada dramático.

En realidad, he de decir que The Pitiflús Rise me gustó más que Pitiflus Begins y que The Dark Pitiflús. Sigue sin gustarme cómo enfoca Nolan al personaje de Pitiflús pero, al menos, la historia está algo mejor hilada y las set pieces, aunque rodadas con la torpeza habitual de Nolan para este tipo de cosas (todavía me acuerdo de las motos de nieve de Inception), al menos tienen algo que ver con la trama principal y no se cuelan porque sí en la historia.

Los medios especializados dicen que las películas de Nolan tienen que ver con Batman, un personaje carismático de DC y creado por Bob Kane, pero he llegado a la conclusión de que se trata de un error. Estas películas no tienen nada que ver con Batman.

En primer lugar, porque Batman no suele dar lecciones sobre política. El Pitiflús de Nolan ha pasado por varias etapas igual de chungas.

Empezó como una defensa de la filantropía imperante en EEUU como respuesta a la quiebra del estado del bienestar. Siguió como una reflexión sobre si la defensa de unos valores justifica cualquier tipo de invasión de la privacidad. Para colmo, cuando Pitiflus está dispuesto a devolver a las instituciones el rol que les corresponde (y sólo porque encuentra un individuo que le otorga confianza, no porque las mismas instituciones le inspiren ningún tipo de respeto), aparece un personaje secundario encarnación del caos que provoca una situación en el que el traspaso de poderes no puede realizarse. En la tercera, Nolan no ha dudado en hablar del 11S, del lugar del terrorismo en nuestra sociedad y de cómo es necesario que la sociedad civil se rearme frente al populismo imperante para combatir a quienes tratan de destruir el American Way of Life. El malo, Bane, es como una especie de Tea Party gigantesco.

En suma: es una saga pretenciosa y sobreexpositiva. No se conforma con tener una tesis, sino que te la pasa por la cara todo el rato.

Tim Burton, con todas sus rarezas, ajustó mejor su personaje a mi idea de lo que debe ser Batman: un enfermo que no sólo sufre de psicosis sino que contribuye a expandirla entre los individuos que se mueven por Gotham. El murciélago es sólo un excelente maestro de ceremonias tan enfermo como ellos. O más. El gran masoquista que nunca abandonaría su “lucha” porque la disfruta demasiado. Hay una parte de venganza, pero que nadie discuta que el murciélago disfruta demasiado del alimento de corazón de Bruce Wayne como para dejarle escapar.

Sin embargo, mis teorías de friki amargado caen en saco roto ante el éxtasis de unos espectadores sometidos a una experiencia Bourne pseudointelectual que les justifica la idea de ver las aventuras de un personaje que tenía mucha más gracia interpretado por Keaton, Val Kilmer o incluso Adam West. Adoran el Batman de Nolan porque es una película que pueden enseñar a sus novias y madres para decir: ¡mirad! ¡por esto me gustan los tebeos! ¡soy MUY profundo!

Yo, que tengo la autoestima lo bastante alta como para no necesitar rearmarme constantemente de género pulp reconvertido en material para adultos “sensatos”, lo pasé mejor con las dos entregas de Burton e incluso con la primera de Shoemaker, quizá la más entregada a la versión camp que nos entregó la serie protagonizada por Adam West.

En realidad, en Pitiflús sólo hemos visto un personaje que se ajusta como un guante a su rol en Batman. O, al menos, al que tiene en ciertas etapas de Batman. La Catwoman de Nolan es una combinación interesante entre la que nos presentó Miller en Año Uno y esa encantadora Lee Merriwether que jugaba con Adam West.

Si me apuráis, lo más triste de Pitiflús es que no sabe, no quiere y no le gusta ser Batman. Hubo un Joker, hace tiempo, que se preguntó: “¿De dónde sacará esa maravilla de juguetes?”. Ahora sabemos de dónde salen, incluso sabemos cómo están consignados en las cuentas de Industrias Wayne. Pero los juguetes ya no son una maravilla. Son cacharros son más propios de G.I.Joe que del Hombre Murciélago, fetiches paramilitares como las mujeres con metralletas de la ínclita Jackie Brown.

Un espectador, al acabar los créditos de Pitiflús, decía a sus amigos: “¿Véis como teníamos que irnos? ¡Al final no sale Samuel L. Jackson!”. Todos se rieron. Yo también. Pitiflús es demasiado soso para jugar con los Vengadores.

Los Vengadores de Whedon son superhéroes sin complejos ni vergüenza. Se notaba que Jeremy Renner se lo pasaba bien jugando a ser Ojo de Halcón, igual que los frikis de todo el mundo se divierten en los salones del cómic con sus trajes de Aquamán y mejor humor que costuras. Ningún niño sensato querría ser Pitiflús. Y no porque sea un personaje torturado, sometido por el ansia de venganza y decidido a impartir su justicia a tutiplén. No quieren ser Pitiflús porque Pitiflús es un moñas. Un quejica que se queja cuando lleva el traje pero también cuando no lo lleva. Que se tira a la primera que se le pone a tiro en lugar de esperar a la que realmente le interesa. Un ser aburrido y perezoso.

Cuando era pequeño y escuché a Michael Keaton decir “Soy Batman”, yo hubiera querido responder: “¡Y yo también! ¡Qué co$ones!”. Cuando pienso en Pitiflús entiendo perfectamente que Maggie Gyllenhaall estuviera más que dispuesta a dejarle por Dos Caras.

Incluso a quien le guste más el Batman “Dark Detective” de los setenta, con Englehart y Marshall Rogers, mucho más próximo a lo que intenta Nolan, estará conmigo de acuerdo en que Pitiflús no le llega a la suela de los zapatos a ese macho alfa capaz de seducir a Silver St. Cloud.

Pitiflús es tan perezoso que confía en que los Robin se le críen solos. Tan lerdo que no sabe pronunciar Ibiza y va dando lecciones a la peña sobre cómo hacerlo correctamente —“Se dice Aibiza”, responde a Catwoman en la fiesta de la VOS—. Tan idiota que no sólo permite que su mayordomo se despida sin dar los quince días de preaviso sino que, siendo incapaz de abrir la puerta de su propia casa, no se molesta en coger una llave. Pitiflus no es que sea un mal detective, sino que tendría serios problemas para ser el becario de Peter Griffin.

Si alguien me llega a decir hace diez años que llegaría a ver una película que mezcla Dark Knight Returns, No Man´s Land y Knightfall, jamás pensé que lo que más me podría gustar sería Bane, un personaje que en los tebeos no tiene ni la mitad de empaque y que Tom Hardy borda. O que la presentadora de los peores Oscar que recuerdo sería una sorpresa agradable.

Recuerdo una historia de No Man´s Land sobre cómo una manzana pasaba por distintas manos entre la grey de locos de Gotham como hilo conductor del nuevo ecosistema que allí se había creado. En Da Pitiflús Rise aparece, como un guiño al lector, la misma manzana.

Pero es una manzana sin sustancia, sin contenido, sin magia. Una manzana que no está a la altura. Como Pitiflús.




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Apr
16th
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Los Vengadores (otra reseña)

Hace tiempo que no me molestaba en escribir una reseña sobre una película, pero ésta lo merece. Los Vengadores es la mejor película de superhéroes jamás rodada (TM9, y uno de los motivos que me hacen pensar eso es que las películas individuales de los personajes que utiliza ¡ni siquiera me mataron!

Capitán América me pareció correcta, Thor mediocre pero entretenida y con un casting cojonudo, las de Hulk sólo se salvaban durante los ratitos en los que el bicho repartía y normalmente eran escasos; la segunda de Iron Man me parece deleznable y me estropeó los buenos recuerdos que tenía de la primera. Ni siquiera la terminé.

¿Otra prueba? Aunque a mi mujer le gustó Thor (en parte por el actorazo que escogieron para Loki, también presente en Los Vengadores), el resto de las películas antes mencionadas las vio con una mezcla de aburrimiento y decepción. Con ésta se lo pasó teta. Incluso le dolió de la risa. Como tuvo la cesárea hace no demasiado y vino a ver la peli sólo por mi insistente presión, de lo mucho que se reía se le estiraban los puntos, con el subsiguiente dolor.

Así pues, lo mejor de todo es que esta película supera, de lejos, la suma de sus partes.

Es brillante, alegre, colorida. Una película de señores en pijama repartiendo candela y haciendo que el respetable se divierta y se emocione. Si hasta la Viuda Negra, que en Iron Man pintaba menos que Damien Hirst, tiene un papelón… Está llena de guiños a los lectores, pero juraría que cada uno de ellos tiene un pequeño giro que los hace incluso más divertidos. Por supuesto, tiene alguna que otra incoherencia y fallos de guión que disculpas porque ¡joder! ¡es un tebeo de señores en pijama, no La Regenta! Tiene tanto humor que agradecí verla en versión original y tengo dudas de que el doblaje aguante el tirón.

Tuve ganas de aplaudir, de jalear, de abrazar… Sólo os deseo una sala como la que me tocó a mí, porque si es así viviréis una experiencia que nos recuerda que a veces, sólo a veces, el cine es mucho más que un lugar en el que juntarse con un montón de gente para ver a solas una película.

Habrá quien diga que las pelis de Batman son mejores. Yo creo que son hasta géneros distintos. Spiderman 2 es la única película genuínamente superheroica que, en mi humilde opinión, aguanta el tirón.

Lo único que os puede fastidiar la experiencia somos todos los capullos entusiastas que quizá os estemos poniendo las expectativas por las nubes. Pero creo que no es casual que nos haya gustado a tanta gente. Aquí nadie va a ganar un Óscar, pero eso no quiere decir que no se pueda ganar un sitio especial en vuestros corazones.

Y el post-final tras los créditos… Vale que me lo esperaba, vale que incluso suponía por dónde iban a ir los tiros. Pero aquí es donde está el guiño definitivo, el regalo final para quienes llevamos años en esto. Algo sólo para nuestros ojos. Una frase que, como doblen mal, será para ejecutar a alguien…

Mar
14th
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#nimileuristas ni héroes

Hay algo que lleva reconcomiéndome desde el domingo, cuando comencé a leer la serie de reportajes sobre los #nimileuristas en El País. Hoy creo haber entendido por qué no me gustan. Creo que me he cansado de series periodísticas basadas únicamente en cierta visión de ciertos ciudadanos afectados por la crisis que, en un porcentaje importante de los casos, aparecen siempre retratados como seres sin tacha.

Me aburren esas luminosas criaturas traicionadas por el sistema que cuentan con el apoyo y la comprensión de un periodista que entiende su difícil situación y que no quiere complicarles la vida con preguntas difíciles como “¿y por qué no has capitalizado el paro y montado una empresa? ¿por qué en el Mercadona de mi barrio hay vacantes y no las estás ocupando? ¿qué porcentaje de tu subsidio se ha ido en mantener tu tren de vida de antes de la burbuja hasta que empezaste a quedarte sin opciones?”

Que nadie piense que no entiendo que la gente lo está pasando mal, pero me resisto a creer que sea siempre porque el sistema les ha fallado. Alguna vez será porque ellos no han estado a la altura ¿no? Me caerían mejor si lamentasen sus errores, no sólo los de el sistema. Los films de Ken Loach funcionan porque entiendes la miseria, las dificultades, las barreras, pero lo haces asumiendo que los protagonistas son seres limitados e imperfectos. Estos reportajes no lo consiguen.

Es cierto que hoy, por ejemplo, han cambiado el tono y te han recordado que también hay que ganan más de mil euros. Pero con eso no arreglan lo que me molestaba. Quiero que quienes estén mal me expliquen, sin tanto azúcar, por qué están mal, que den pistas a los chavales sobre qué actitudes evitar. No que dividan a la gente entre tipos estupendos que son unos ganadores y tipos estupendos que, sin haber hecho nada mal, están siendo maltratados por el sistema.

El único mensaje que recibe la chavalería con estos ejemplos es el mismo que aparecía reflejado en las geniales y extintas tiras de Manel Fontdevila: un señor con puro, bigote y sombrero de copa ha decidido putear al enano con casco de obrero. ¿De verdad esa es toda la explicación? Para un humorista está bien, para un diario como El País me parece una explicación muy pobre.

Pero no me hagáis caso. Creo que soy un ex joven resentido. En los tiempos de la burbuja me sentía como un cretino por ahorrar, por comprarme la casa más pequeña porque entraba en el dichoso 30%, por quedarme con un C3 en lugar de con un Audi. A mi alrededor, todo tipo de inútiles vivían como reyes y, desde sus chalets en las afueras, me miraban raro al entrar en mi pisito de 60 metros y cuarenta años de antigüedad. Y ahora que las tornas han cambiado y los más ineptos se están llevando las hostias, todavía tengo que escuchar que los héroes, que los pobres diablos, que las víctimas, son ellos.

Y cuidado, que yo de chaval hubiera estado entre los bien jodidos. Mi carrera periodística, como casi todas, es una combinación de oportunidad, suerte y contactos. Ahora no hay oportunidades, parece que la suerte está agotada y tus amigos probablemente están igual de jodidos. Por eso, cada vez que un joven periodista me pregunta, le digo que se monte un chiringo y que aproveche sus puntos fuertes.

La historia de la crisis ha coincidido bastante con la de un chaval veinteañero que se llama Javier Sanz. El muchacho se ha montado, con un gran tesón, mucha cara y un buen amigo uno de los portales especializados más importantes de España, ADSLzone. En paralelo con la crisis, ha dejado su plaza de fisioterapeuta en un hospital para centrarse en su negocio, con cien millones de visitas por año. Ha comenzado a contratar periodistas experimentados, gestiona la publicidad para otros portales y tiene importantes noticias que dar en el horizonte.

Me gustaría decir que yo, de chaval, era así. Mentira. Yo me habría vuelto a casa de mi madre, me habría quejado como una nena y, quizá, saldría en el diario presumiendo de pobre desde mi puesto de reponedor en el Alcampo.

Pero, por suerte o por desgracia, ya no soy la misma persona que era entonces. Así que prefiero recomendar a los chavales que imiten a Javier y no a los #nimileuristas, entre los que no dudo en incluir a esa versión patética de mí mismo de un universo alternativo en la que la crisis comenzó quince años atrás.

Feb
17th
Fri
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Clase de periodismo

La profesión está hecha unos zorros, ¿estás seguro de que quieres entrar aquí?

Vale, pues unos consejos de alguien que se gana la vida en esta industria y, a pesar de ser relativamente joven, tiene ya más de una década de experiencia a sus espaldas y algún que otro premio del que presumir cuando sea viejo y pobre.

1- No aceptes mierdas

Ser becario no siempre compensa. Si “becario” suena a “hacer un trabajo con el que no voy a aprender, con el que nadie me va a conocer y con el que nadie me va a respetar”, merece la pena que te busques los garbanzos en cualquier otro sitio.

2- Pulgada a pulgada

Si tienes una buena oportunidad ataca con todas tus fuerzas. Jugada a jugada, pulgada a pulgada hasta el final. Levanta la mano, haz preguntas, propon tus temas, demuestra que quieres trabajar en esto, combate la timidez, lucha como el redactor más veterano por imponer con argumentos tus opiniones. Suma cada pulgada, porque eso es lo que va a marcar la puta diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir. En cada lucha, aquel que va a muerte es el que gana ese terreno. Si aún queda vida en mí es porque aún quiero luchar y morir por esa pulgada. Porque vivir consiste en eso. Ahora ¿qué vais a hacer? (O de cómo citar a Al Pacino te resuelve medio post)

3- Digitaaaal

Cuando estudiaba periodismo, y a pesar de enfrentarme a un plan especialmente dañino que me obligaba a pasar del orden de las doce horas diarias encerrado en Ciudad Universitaria, me las apañé para colaborar en radios comunitarias, escribir en fanzines y colaborar con todo aquel que tuviera un proyecto interesante. Era como una puta tonta: trabajaba gratis para todo el mundo. Mi mejor arma como periodista es que escribo deprisa, tengo oficio y es difícil que me salga un párrafo realmente malo. Años de experiencia que empezaron mucho antes de que comenzase a ganarme los garbanzos con esto.

No me interesa ningún joven periodista que no esté haciendo lo mismo con las actuales herramientas. Esto pasa por colaborar en blogs, montar portales, grabar algún podcast o utilizar todo eso para intenter acceder a las fuentes de aquel nicho, sea cual sea, en el que te interese trabajar. A pesar de que en el párrafo anterior he utilizado la expresión “trabajar gratis”, en realidad no lo es. A eso se le llama “afilar tu hacha”, “desarrollar tu talento”, “emprender”, “buscarte las castañas”. Nunca contrataría a nadie que no tenga ese tipo de experiencia, a nadie que no se haya tomado la molestia de intentar armar un blog, aunque sea en Blogger, e intentar buscar un hueco bajo el sol.

Los periodistas experimentados (algunos) pueden ahorrarse esos pasos (aunque no deberían), porque tienen algo que le falta a cualquier novato: contactos y experiencia. Cosas por las que las empresas deben estar dispuestas a pagar. Pero si lo único que puedes ofrecer es voluntad, entusiasmo y experiencia digital, ni se te ocurra venir con menos.

4- Idiomas

Vale, ahora parezco mi padre. Pero no va a ser el discurso clásico. El caso es que me importa un carajo cuántos títulos tengáis. Me importa (y mucho) vuestra competencia lingüistica. ¿Te entiendes en inglés, en el argot de tu nicho, con cualquiera de sus protagonistas? Si tienes un blog sobre cementerios, ¿sabes decir lápida?

Casi todo el inglés que sé es vocabulario, y un buen porcentaje corresponde a vocabulario sectorial de telecos, tecnología y medios. Me da igual que sepas un idioma si no conoces el argot del sector que quieres atender.

5- Tecnología

Descubre rápido a qué quieres dedicarte y familiarízate con las últimas tecnologías. Si quieres hacer radio, tienes que ser capaz de montar un programa en tu casa con tu Mac, ¡o incluso con un PC! Si quieres escribir, familiarízate con distintos tipos de editores. Cambiar entre herramientas es relativamente fácil, desarrollar facilidad para familiarizarte en poco tiempo con tecnologías a las que no estás acostumbrado es muy útil.

Pero prepárate a frustrarte si, acostumbrado a herramientas usables y a tu medida, acabas trabajando con chismes carpetovetónicos que van a pedales. C’est la vie.

6- Farras

¿Los jóvenes todavía usáis esa palabra? Yo tengo una hija y otro en camino, así que apenas me acuerdo de la que utilizo yo. Buenas noticias, ¡el del periodismo es uno de los sectores en los que las habilidades sociales resultan más importantes! Si eres un tipo tirando a retraido, corrígelo. Busca amigos, queda con gente, conviértete en una persona simpática y abierta. Te vendrá bien. Si tu madre tiene dudas, dile que lo hable conmigo. La convenceré.

Por otro lado, si estás sobradamente preparado en dicho ámbito, intenta mantener un equilibrio. No recomiendo una vida monacal, porque sólo tenemos una, pero sí que la gente entienda que ser capaz de cumplir con los compromisos autoimpuestos es casi más importante que saber acatar plazos externos. Si estás en paro, te has decidido a montar un blog y no lo actualizas nunca porque estás ocupado en hacer constantes homenajes a Resacón en Las Vegas, tal vez deberías plantearte las ventajas de dejar de ser un estudiante de periodismo. Te ahorras leer a viejunos mantra y puedes comenzar una intensa vida de alimaña nini. No serás el único.

7. The Truth

El libro The Truth de Terry Pratchett contiene la esencia más pura del periodismo. Habla de la historia de este oficio, de la motivación de contar histórias, de la ética, de las relaciones con el poder, de la vida. Es el único manual de periodismo que recomiendo y una compra obligatoria para cualquier aspirante a dedicarse a esto. Para colmo, es una novela MUY divertida. Mejor en inglés, por cierto.


Dec
28th
Wed
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El virus de la ignorancia

El otro día, por azares del destino, me topé con el Twitter de Kiko Rivera. A pesar de su atroz ortografía, sin puntuación ni mayúsculas, cuenta con casi 300.000 followers. ¿Y luego los maestros se preocupan porque sus alumnos no saben escribir? En el último mes he pensado mucho en qué me separa, planes educativos aparte, de la generación que tanto adora la letra ‘k’. Y, por mucho que me duela, creo que la culpa es de Internet.

Me he pasado la vida leyendo. Es mi gran afición. Sin embargo, durante mi periodo formativo jamás se me habría ocurrido leer lo que escribían mis condiscípulos. La formación era completamente unidireccional, de arriba hacia abajo. Era como la televisión.

Hoy vivimos en el mundo del P2P, de la comunicación entre pares. Los contenidos, tanto los escritos como los audiovisuales, ya no son verticales, sino horizontales. En Twitter pesan menos los contenidos de un escritor famoso que los de una estrella de la tele incapaz de conjugar bien los verbos o poner las tildes en su sitio.

Y no es que no haya ventajas en este nuevo mundo. Los blogs son, muchas veces, más interesantes que los medios tradicionales. En Youtube encuentras vídeos cutres pero graciosos rodados con gracejo aunque con mucho grano. En Cuantocabron.com los chavales juegan con un tipo de cómic autorreferencial, en muchos aspectos no tan distinto al de Peanuts, que pese a no tener méritos formales resulta un ejercicio de antropología social bastante simpático. 

Hace años nos reíamos de Sofía Mazagatos porque estaba en el candelabro. Hoy los jóvenes se leen y se escriben mutuamente barbaridades mucho peores. Y el hecho de que además utilicen abreviaturas radicales en los móviles complica aún más la situación.

Quienes hace unos años escribían artículos apocalípticos sobre el lenguaje SMS tienen que estar como locos con el advenimiento del lenguaje WhatsApp. Porque aunque cualitativamente sea muy similar, en lo cuantitativo es muy diferente. Como los SMS eran caros, los jóvenes podían enviar bastantes menos. Con WhatsApp y similares, el ratio lineas de texto malo frente a líneas de texto bueno tiende a infinito.

Incluso un joven que lea exactamente los mismos libros que disfruté yo en mi juventud tendrá dificultades para diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Porque ¿qué pesará más en su formación? ¿Las líneas que lee de Michael Ende o las que le escribe su novia en la Blackberry y sus amigos en el chat?

Cuando yo era adolescente y tenía que escribir cartas de amor arrebatado, las pobres víctimas que las recibían sólo tenían que enfrentarse a una mala lírica, casi nunca a faltas de ortografía o de puntuación. Lo peor que podía pasarles era sufrir un ataque de risa viendo cómo en mis textos confluían la alambicada y huera prosa de Stan Lee con la efectividad folk de Stephen King y las metáforas baratas de un aspirante a Neruda con granos. Intentar escribir bien era bueno.

Antes quienes no sabían escribir al menos tenían la vergüenza de no intentarlo. Hoy incluso se muestran agresivos con los insensatos que intentan corregirles o que les echan en cara su ortografía o su gramática. He llegado a leer a muchachos escribir (mal) que la ortografía es una forma de control social para mantener al pueblo oprimido. En serio.

El problema de este mestizaje que se nos echa encima es el mismo que el de cualquier otro, y es que el establishment elitista no soporta que se vulneren sus reglas intocables. Y lo siento, pero yo mismo soy un jodido elitista del lenguaje. Veo como una mezcla de asco y repulsión cómo la gente es feliz sin saber escribir. A veces pienso que el malo soy yo por detestar esos ataques a la integridad de mi lengua. Otras pienso en que la culpa es del mundo, por empeñarse en no darle la misma importancia que yo a la corrección.

Si a esto le sumamos que la cultura del físico parece superar a la del verbo en muchos aspectos, apaga y vámonos. Hasta los congresistas americanos, genios del debate, intercambian con golfillas fotos de poligonero tomadas frente al espejo del baño. Cada vez que viajo a Málaga y salgo de mi burbuja me topo con un mundo de niños dotados de notables abdominales y niñas con estratosféricos escotes que jamás han leído a Roald Dahl y parecen disfrutar con el intercambio de gestos y de una suerte de gruñidos ininteligibles con los que, supongo, acuerdan las condiciones de sus futuros intercambios de fluidos. Y tan panchos.

Ni mucho menos voy a extrapolar todo lo anterior al conjunto de nuestros jóvenes, pero ésa también es la juventud del paro y de la crisis.

Aunque todos almacenemos millones de libros en nuestros eReaders, pese a que los chavales más espabilados se los puedan bajar todos de forma gratuita de Internet, veo más difícil que nunca trasladar sus contenidos a nuestra sociedad.

Es posible que la tecnología y las tarjetas microSD nos hayan librado de tener que aprendernos los libros de memoria, como en Farenheit 451. Lo que sí me preocupa es que pasen los años y muchos de nosotros terminemos sintiéndonos, con nuestras tildes y nuestra letra ce, como Charlton Heston en El Planeta de los Simios o el Robert Neville de Soy Leyenda.

Imaginadme, de rodillas en la playa, frente a un diccionario de la RAE hecho pedazos:

-He vuelto. Estoy en mi casa otra vez. Durante todo este tiempo no me he dado cuenta de que estaba en ella. Por fin lo conseguí. ¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos! ¡Os maldigo!

Nov
24th
Thu
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Las aventuras de Tontín

Un mal director puede llegar a salvar un guión flojito y un gran guionista puede levantar una película sobre los hombros de un director mediocre. Pero ni siquiera la combinación de un excelente equipo de guionistas, un duo de directores extraordinarios y el mejor aprovechamiento que se ha hecho nunca de la tecnología de captura de movimiento pueden salvar el terrible aburrimiento que me produce el personaje de Tintín.

Tontín

Una chica me decía en Twitter que ella y su hermano llamaban a este personaje “Tontín”, y yo siempre he sido de esa cuerda. Violeta, una niña muy simpática y bien educada que venía conmigo a clases de pintura, tenía todos los álbumes. Yo era algo mayor, tenía ya trece añazos, y ya me parecía un tebeo para niñas. Nunca lo superé.

Me importaba poco la magnífica línea clara de Hergé y la pulcritud impostada tanto del personaje como de sus aventuras. Prefería el trazo más francés de Uderzo y la dinamita narrativa de Goscinny, uno de mis tres guionistas de cómic favoritos junto con Alan Moore y Neil Gaiman.

En Astérix podía entender la lucha contra la opresión de los galos y la necesidad de perpetuar su cultura frente a ansias imperialistas, reflejo de la batalla francesa para mantener su excepción cultural y hacer frente al imperio de Hollywood. ¿Pero Tintín? ¿Un joven reportero que recorre el mundo acompañado de un perro con mucha más personalidad y secundado por un borracho y un par de policías ineptos?

Me dicen, “pues la película me ha recordado a Indiana Jones”. En lo formal, sin duda. Tintín ha sido la válvula de Spielberg para su indianismo. El problema es que el doctor Jones tenía un empleo remunerado, una novia (o varias) o incluso un sidekick chino. Peró Tintín… ¿De qué vive Tintín? ¿Dónde están sus padres? ¿Dónde se crió? ¿Qué edad tiene? Si es periodista, ¿qué presiones editoriales tiene? ¿dónde está su redacción? Son agujeros insoportables.

Me pasaba lo mismo con Spirou. ¿Por qué diablos va por la vida disfrazado como un imbécil? Está bien que llevase un traje de ascensorista cuando era ascensorista, ¿pero también cuando pasa a convertirse en reportero? Es como si al Botones Sacarino le contratasen en la TIA y siguiese llevando las pintas de siempre, ombligo al aire incluido. Pese a que Spirou tuvo etapas excelentes bajo la batuta de algunos de mis dibujantes favoritos, nunca fui capaz de seguir sus aventuras. Gastón LaGaffe era un inútil. Puedo identificarme con él. ¿Pero Spirou o Tintín? Ni de coña.

Así las cosas, es imposible para los guionistas hacer honor al personaje y ser fieles a él sin rellenar todos esos agujeros que tanto daño me hacen. Está claro que millones de personas viven felices con la idea de que un joven rubio recorra todo el mundo con pantalones bombachos y suéter azul resolviendo entuertos y con una actitud paternalista hacia las colonias, pero mi suspensión de incredulidad no funciona así.

Para mí, los superhéroes son infinitamente más creíbles. Si lanzas rayos por los ojos, es normal que te conviertas en un tipo reclusivo con problemas con las chicas que no duda en irse con el primer gurú calvo que le ofrece un hogar y un lugar en el mundo. Si te conviertes en un monstruo verde, te alejas de la gente que quieres para evitar hacerles daños y compras tantos pares de pantalones morados como Steve Jobs jerseys de cuello alto negros. Si un ladrón mata a tus padres, utilizas tu fortuna para convertirte en un vigilante enmascarado. No es que no sean argumentos con agujeros, pero son el tipo de agujeros con los que mi cabeza puede vivir. Por extraño que parezca, una poción mágica o un origen kryptoniano entran mejor en mi suspensión de incredulidad que un periodista adolescente que nunca tiene que reportar a sus jefes y que, al parecer, vive del aire.

Porque, en el caso de Tintín, no es siquiera su origen sea un misterio que el autor te va a ir revelando con el tiempo. Es que manifiesta una absoluta indiferencia sobre los orígenes, motivaciones y circunstancias vitales del memo del flequillo. Tintín es un avatar para que el lector de su época pueda vivir aventuras a través suyo. Esto quizá funcione en un tipo de lector joven capaz de ponerse en el lugar del protagonista, pero mi forma de entender la narrativa no funciona así. Yo puedo pensar “¿qué haría en su lugar?”, pero mi empatía no permite la simple sustitución.

Pues todo eso, aplicado a la película, se magnifica. En el mismo momento en el que aparece Haddock, la película se hace suya, y no porque sea un personaje extraordinariamente construido, sino más bien por la absoluta vacuidad de Tintín. ¿Pero es suficiente para levantar por sí solo la película? No pudo hacerlo en tebeo, tampoco lo consigue en la pantalla.

Dicho lo cual, recomiendo el espectáculo visual que supone. No puedo dejar de pensar en cómo sería un Astérix en el que utilizasen la misma técnica. El motion capture, desperdiciado en todas las idioteces navideñas que se le iban ocurriendo a Robert Zemeckis (con la notable excepción de Beowulf), podría ayudar a dar vida a personajes del cómic galo que nunca hubiera creído posible ver traducidos en imágenes hasta ahora.

Nov
7th
Mon
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El asilo

El otro día comentaba con unos compañeros que, con un poco de suerte, nuestra vejez será muchísimo más divertida que la de casi cualquier anciano del pasado. Pertenezco a una generación que, para bien o para mal, encuentra muchísimo solaz en quedarse en casa haciendo cosas. Y quien dice casa, dice asilo.

Así pues, voy a juntar inversores para crear un nuevo concepto de asilo friki, un lugar fetén, con tintes de cooperativa, al que aspiren a entrar todos los geeks, nerds y dorks de este país nuestro. ¿Te pasaste toda la vida trabajando y no tuviste tiempo de leer toda la etapa de Geoff Johns en Green Lantern? ¿Cuidar de tus hijos te ha impedido ver todas las series que querías? ¿Tu mujer no entendía que prefirieses jugar a Mass Effect que ir de compras? ¿Cuántos estrenos te dejas en la cartelera cada semana? ¿La paternidad te ha hipersensibilizado ante el gore y ya no ves pelis como La Horde con el mismo entusiasmo? ¿Esa pila de juegos que tienes junto a la consola no quiere dejar de crecer?

¡Para eso está la vejez!

Mientras nuestros yayos se limitaban a aburridos viajes por Europa, nosotros recorreremos la Venecia de Assassin´s Creed, mientras ellos crían polillas con el mus, nosotros jugaremos a todos esos geniales juegos de mesas que teníamos aparcados y, por fin, juntaremos la baraja de Magic de nuestros sueños. Mientras ellos se dan con un canto en los dientes con las clases de bailes de salón, nosotros nos daremos palizas al Dance Central y conduciremos bólidos en el Forza Motosports.

Daremos tundas a los niñatos que nos reten al Fifa 45, nos haremos pasar por fornidos guerreros en los juegos multijugador online, discutiremos entre toses sobre qué ultraphone es mejor, si el que tiene acceso neural o el que utiliza una interfaz controlada por los movimientos de la retina. Nuestros nietos vendrán a vernos porque tendremos las bibliotecas más cargadas de tebeos, las pantallas gigantes más alucinantes y hasta tabletas en las cabinas de los baños para echar unas partiditas mientras batallas con el estreñimiento galopante.

¿Tu memoria no es lo que era? ¡Perfecto! ¡Puedes hacer gold digging en los MMORPG! ¡La misión que has repetido miles de veces será, cada vez, igual de emocionante!

Un asilo exclusivo en el que para entrar te pregunten cosas como cuántos Doctores han llevado el Who, quién era el quinto cilon, cuál era la debilidad del primer Green Lantern, cuántos hijos tenía Rhaegar Targaryen, qué hacía Brainiac con las ciudades, quién protege a las Little Sisters o a qué color asocias un Shivan Dragon.

Así que ya sabéis, inversores, sólo tenéis que poner el dinero en mis manos y las del consorcio OldGeek y os garantizo que tendréis la mejor vejez del mundo.

Nov
5th
Sat
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Mujeres

Si algo agradezco a las nuevas series de televisión es que han devuelto a la pantalla a las mujeres. No hablo de niñas, adolescentes o veinteañeras. Hablo de mujeres. Desde que leo revistas de cine, un hobby que comenzó hace más años de los que puedo recordar, en todas las entrevistas con actrices adultas quedaba clarísimo que Hollywood no les reservaba demasiado hueco, y cuanto más huecas son las producciones que llegan a la gran pantalla y más se prefiere a figurines como Megan Fox, que ajustan como un guante en guiones imposibles con el discutible beneficio de una dimensión adicional que casi nunca me sirve de nada, menos hueco queda para mujeres con algo de vida a sus espaldas.

En las series la cosa es muy distinta, y es muy de agradecer. Ayer empecé a ver American Horror Story, protagonizada por Connie Britton, una mujer de 44 años cuyo personaje, con sus arrugas, sus ojeras, sus blanduras, su aborto reciente y sus manchas en la piel, resulta muchísimo más interesante, fuerte, maduro y atractivo que cualquiera de las jóvenes insulsas por las que se siente atraido su marido, interpretado por Dylan McDermott.

Al mismo tiempo, estoy viendo The Good Wife, con Julianna Margulies haciendo las veces de Alicia Florrick, una mujer de 45 años con dos hijos y un marido igual de promiscuo que no sólo termina resultando simpática y atractiva, sino que pone los pies en la tierra a cada una de las jóvenes con las que se encuentra.

En Carnivale, el joven protagonista caía en los brazos de Ruthie (Adrianne Barbeau), que cuando comenzó a rodarse la serie contaba con unos sorprendentemente espléndidos 63 años. Por más que pueda hacerle gracia la escuálida (aunque guapetona) Trece, House está enamorado de Lisa Cuddy (Lisa Edelstein), con 45 primaveras a sus espaldas. La goonie Martha Plimpton, ya en los 40, tiene enamoradísimo a su marido Burt en Raising Hope. La asistente del fiscal Rhonda recorrió los suburbios de Baltimore y partió corazones en The Wire con más de cuarenta primaveras a sus espaldas.

Sofía Vergara, de Modern Family, está a punto de cumplir los 40, y Julie Bowen, la sufrida esposa de Phil, ya los ha superado. Jeanne Tripplehorn es, de las tres esposas de Bill Paxton en Big Love, la más interesante con diferencia, y nació en 1964. La Ruth de Frances Conroy en Six Feet Under era para enmarcarla, igual que a la contundente teniente Laguerta en Dexter.

Aunque no me gusta Hot in Cleveland, sus protagonistas llevan la cincuentena y la sesentena con mucha más elegancia que las Chicas de Oro, que tenían aproximadamente la misma edad cuando comenzaron a rodar.

Y qué decir de la Nancy Botwin de Weeds. Mary-Louise Parker está mucho más guapa a punto de rondar los cincuenta, con una belleza más fría que serena, que cuando la vi por primera vez en Tomates Verdes Fritos, hace ya veinte añitos.

Christina Hendrix, que con sólo dos años más que yo es la más joven de todas las arriba mencionadas, es también un ejemplo por su rotunda e hipercurvilínea figura, todo un desafío para la gravedad que, sin duda, le ha robado tantas oportunidades como ahora le granjea gracias a Mad Men. Incluso en True Blood, una serie llamada a la vampírica tersitud, brillaban con luz propia Kristin Bauer (Pam) y Michelle Forbes (Maryann)

En suma, vemos hoy en la televisión más mujeres pletóricas que nunca, erigidas en protagonistas. No son pérfidas envidiosas de la juventud y belleza ajenas, o simpáticas hadas madrinas que adoctrinan a las cabezas de cartel, como era la norma en el pasado. Ellas son el cartel. Con sus locas hormonas, sus dilemas, sus responsabilidades, sus curvas, sus atorrantes esposos o sus esforzados trabajos. 

Pero mujeres. Gracias.